viernes, 29 de agosto de 2014

al paso de luis carlos


Al paso de Luis Carlos, en el Lleras
Carlos Alberto Giraldo | Medellín | Publicado el 27 de enero de 2012
Respetado Luis Carlos, Usted no sabe que le voy a escribir estas líneas sobre la admiración monumental que le tengo: es Usted vendedor de dulces y cigarrillos. Carga un sencillo cajón de madera que le cuelga del cuello y los hombros con una correa de hilos sintéticos.


Usted atraviesa varias veces en la noche el Parque Lleras, uno de los corazones de la rumba de la ciudad, con una fe inquebrantable y con una voluntad de hierro. Lo he visto bajo la lluvia y los cielos opacos de octubre y también bajo las estrellas de los veranos de enero.

El miércoles volví a verlo y volví a admirarlo. Más. Mucho más. Usted me alerta sobre mi imbecilidad cuando me aburro por cosas que no valen la pena. Por gente que no vale la pena. Por recuerdos que no valen la pena.

Anteanoche, Luis Carlos, aprecié que ahora tiene un bastón para apoyarse. Está cumpliendo aquella máxima: "dame una palanca y moveré el mundo". Yo diría sobre Usted: "... y me moveré por el mundo". Son muchas las noches que lo he observado, Luis Carlos, y apenas la de este miércoles me acerqué a preguntarle su nombre. Usted me respondió, breve y tímido: "Me llamo Carlos".

Ahora quiero explicarles y contarles a mis lectores sobre su valentía y su tenacidad y su valor humano: sus piernas se arquean hacia los lados, en un compás desgarrador, por alguna afección de salud. Lo he visto dar veinte pasos y cruzar la calle. Caminar por entre las jardineras del parque, siempre buscando un apoyo. Un poste. Un muro. Unas escalas. Un árbol. Un hombro conocido. Siempre. Toma impulso y luego sale en busca de aquel lugar dónde conseguir un descanso y un nuevo aire. Nunca pide ayuda. Nunca se queja. Nunca se enoja. Nunca grita. Nunca la vida debe decirnos que Usted la insulta. Yo, desde alguna silla lo veo, lo observo, y me maravillo. Recibo su mensaje: "¿de qué me quejo?", me pregunto si allí va aquel hombre al que le cuestan tanto los pasos, pero los da. Avanza. Lucha callado.

El miércoles Usted se tomó un tiempo para ver una descarga de vallenatos que estaban grabando para el video de un cantante. Y Usted, Luis Carlos, sonreía con una felicidad que se contagiaba. Sé que a mucha gente le parecerá anecdótica esta carta que le dirijo, pero a mí me parece necesario consignar sus enseñanzas de profundidad silenciosa. Porque a veces hay gente que, teniéndolo todo, se levanta y cruza por los días como un carro de basura: riega su mal humor por todos lados, le lanza a los otros los desperdicios de sus frustraciones, levanta cierto hedor con tanta inconformidad inexplicable.

En cambio Usted, Luis Carlos, se levanta a vencer sus limitaciones haciendo camino. Se alegra por la utilidad minúscula que le deja cada menta vendida. Cada cigarro. Y Usted, sin saberlo, le devuelve a uno la fe. Y le obliga a decirse: "¡uuyyy, Dios, perdoname a veces lo desagradecido!". 

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